Resúmenes de obras claves en la historia contemporánea de Castilla y León durante el primer tercio del siglo XX. Destacan las obras de Enrique Orduña sobre el regionalismo en Castilla y León, la obra de Carlos Hermida sobre el sector agraria y la obra de Fernando Manero sobre la industria castellanoleonesa. La dirección de correo electrónico para ponerse en contacto conmigo es galohs@gmail.com

sábado, 17 de abril de 2010

Revolución en Castilla. Creación del Mito Comunero. El Norte de Castilla, 17 de abril de 2010


REVOLUCIÓN EN CASTILLA

La construcción del mito comunero

El liberalismo del XIX convirtió en símbolo de la identidad de España como nación el mito comunero, un pasaje histórico cuya recuperación comenzó un siglo antes.
EL NORTE DE CASTILLA
17.04.10 - 00:54
ENRIQUE BERZAL.

En 1921, Antonio Maura dispone que «el Ayuntamiento de Villalar se denomine 'de los Comuneros'»
Durante la Guerra Civil existió un batallón republicano Comuneros de Castilla.
La Transición recupera el mito como apoyo sustancial de las demandas castellanas y leonesas.
Jovellanos lamentó el desastre de Villalar: «La causa de la nación fue vencida entonces por la intriga y la fuerza»
Manuel José Quintana compuso en 1797 la Oda a Juan de Padilla, prohibida por la Inquisición en 1805.
Juan Martín Díez, 'El Empecinado', celebró como gobernador militar de Zamora el tercer centenario de la derrota comunera.
El episodio de las Comunidades de Castilla y su trágico desenlace, primero en Villalar, el 23 de abril de 1521, y finalmente en Toledo, el 3 de febrero del año siguiente, supone para Castilla y León mucho más que el sustento histórico de la actual fiesta de Villalar, declarada oficial por la Ley 3/1986 de 17 de abril.
Constituye, de hecho, el fundamento de un relato mítico que hunde sus raíces a finales del siglo XVIII y eclosiona durante la Transición, cuando la revuelta comunera fue esgrimida por las elites intelectuales y políticas como el símbolo por antonomasia de la débil identidad autonómica a construir.
Y es que la memoria de las Comunidades de Castilla, presente siempre -y a veces de forma hiriente- en el imaginario colectivo de la sociedad española desde el día mismo de su derrota, no fue recuperada de manera más positiva entre las elites ilustradas hasta bien entrado el siglo XVIII.
De hecho, como expone Gutiérrez Nieto en un estudio clásico, si ya Juan Amor de Soria clamaba, en 1741 contra el poder despótico de Carlos V y la pérdida de las libertades ocurrida en Villalar, el mismo Gaspar Melchor de Jovellanos denunció el abuso de poder que supusieron las Cortes de Santiago-La Coruña y lamentó el desastre de Villalar: «La causa de la nación fue vencida entonces por la intriga y la fuerza», aseguró el ilustrado ovetense. Igualmente, León de Arroyal, en una carta enviada al conde de Lerena, consideraba Villalar como «el último suspiro de la libertad castellana».
Recuperación exitosa que tendrá su colofón definitivo en la centuria siguiente, cuando el adjetivo comunero se convierta en sinónimo de luchador por las libertades comunes y Villalar se erija, para el liberalismo en ciernes, en todo un símbolo de la derrota de una libertad aplastada bajo el yugo del Imperio, personificado éste en Carlos V.
Liberales y comuneros
De hecho, en el arranque del liberalismo español (1808) se levantó el mito comunero, empleado por los revolucionarios de Cádiz para simbolizar la identidad de España como nación política, socavar el absolutismo regio, legitimar las instituciones liberales, intentar inculcar a los españoles los nuevos valores del liberalismo a través del modelo ejemplarizante de los comuneros y, desde luego, establecer un hilo de continuidad entre la labor de éstos y la materializada por ellos en las Cortes gaditanas. Para estos liberales, el episodio de las Comunidades de Castilla, como otros procedentes de una Edad Media idealizada, constituía una inestimable fuente de recursos para legitimar el proyecto político de nación que estaban forjando.
Manuel José Quintana, por ejemplo, compuso en 1797 la famosa Oda a Juan de Padilla, prohibida por la Inquisición en 1805 y publicada entre sus Poesías Patrióticas al iniciarse la sublevación antinapoleónica. También en plena guerra, otro prohombre del primer liberalismo, el granadino Francisco de Paula Martínez de la Rosa, que llegaría a ser presidente del Consejo de Ministros en 1834-1835, estrenó en la sitiada ciudad de Cádiz su obra dramática La viuda de Padilla, que seguiría representándose con éxito varias décadas más tarde.
No es de extrañar, por tanto, que el ejemplo histórico de los comuneros sea invocado por el mismo Francisco Martínez Marina en su archicitada obra Teoría de las Cortes, publicada en 1813, o que lo sucedido en Villalar en 1521 fuera esgrimido por numerosos diputados gaditanos para legitimar la obra política que estaban llevando a cabo.
Claro que la apoteosis del mito comunero tuvo lugar durante el llamado Trienio Liberal, de 1820 a 1823, en el que, por cierto, llegó a existir una secta de inspiración masónica y liberal llamada, precisamente, Comuneros de Castilla. No es casualidad, por tanto, que fuera el mismo Juan Martín Díez, afamado guerrillero vallisoletano más conocido como 'El Empecinado', el encargado de celebrar, en calidad de gobernador militar de Zamora, el tercer centenario de la derrota comunera en Villalar en 1821, incluyendo en el mismo una intención significativa: recuperar los restos mortales de los tres capitanes, Padilla, Bravo y Maldonado, que creía depositados en la localidad vallisoletana.
Aun más, en abril de 1822, los tres capitanes comuneros, junto a Juan de Lanuza, Diego de Heredia y Juan de Luna, fueron declarados por Real Decreto -fechado el día 22- beneméritos de la Patria.
A partir de los años 30 y 40 del XIX, esto es, durante la consolidación del liberalismo doctrinario español, el episodio comunero, al igual que otros como la época visigótica, el reinado de los Reyes Católicos o la guerra de la Independencia, resultó elevado a la categoría de mito nacional y contribuyó a jalonar un devenir histórico marcado por el despliegue progresivo de un liberalismo de carácter templado, consustancial a la monarquía e inspirado por el catolicismo.
El episodio histórico de las Comunidades, firmemente consolidado como mito de la lucha por las libertades, ejercerá un papel decisivo a la hora de demostrar la existencia intemporal de un carácter español caracterizado por el orgullo, el amor a la independencia y a la libertad, el individualismo, la rebeldía contra el tirano y el profundo sentimiento monárquico y religioso. Sin duda alguna, los progresistas pondrán más ardor político en este retrato.
Es ahora, por ejemplo, cuando aparece la famosa y monumental obra de Antonio Ferrer del Río, Decadencia de España: Primera parte: Historia del Levantamiento de las Comunidades de Castilla, 1520-1521, publicada en Madrid en 1850 y divulgadora del ideal liberal y patriota de unos comuneros empeñados en sacudirse el yugo de la opresión despótica impuesto por los gobernantes extranjeros. Igualmente, la famosa y grandiosa Historia general de España de Modesto Lafuente, publicada entre 1850 y 1867, popularizará el mito de los comuneros como luchadores en pro de una libertad que se rebelaba muy actual para la época.
La exaltación comunera tendrá su correlato decimonónico en otras muchas facetas artísticas, literarias, ensayísticas y musicales, entre las que podríamos destacar, por ser una de las expresiones más famosas, el famoso cuadro de Antonio Gisbert Pérez, Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo, de 1867, muy elogiado por los liberales progresistas del momento.
De modo que, aunque durante la Restauración canovista (1875-1923) tenga lugar, sobre todo entre historiadores y ensayistas, una cierta revisión del mito en sentido más negativo, como puede apreciarse en la famosa Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla (1897-1900) de Danvila, o en el mismo Idearium de Ganivet, lo cierto es que perdurarán las interpretaciones liberales de la contienda comunera.
De hecho, el monumento que el Real Decreto de 1822 ordenaba erigir en Villalar en la memoria de los comuneros no se materializará hasta 1889. Además, en 1921, con ocasión del IV Centenario de la derrota en esa localidad, otro Real Decreto, fechado esta vez el 16 de noviembre y firmado por el presidente del Consejo de Ministros, Antonio Maura, dispondrá que «el Ayuntamiento de Villalar, de la provincia de Valladolid, se denomine en lo sucesivo 'de los Comuneros'».
Comuneros y revolucionarios
Regionalistas, pero también hombres y mujeres de izquierda, republicanos y demócratas del último tercio del XIX asumieron el mito comunero como antecedente histórico de sus propuestas. De suerte que la Segunda República española (1931-1936) recuperó la peripecia de los tres capitanes castellanos para presentarlos como adelantados luchadores por la libertad y, sobre todo, como líderes de un movimiento genuinamente popular yugulado por la nobleza.
El proyecto reformista y modernizador del nuevo régimen instaurado tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, unido a la impronta social de las ideologías de izquierda, contribuyeron a relanzar esa nueva lectura, siquiera más radical y popular, del episodio histórico de las Comunidades de Castilla. Una nueva interpretación interferida por intereses políticos y que en las tierras que hoy conforman la Comunidad Autónoma de Castilla y León coincidió, además, con el repunte de un movimiento regionalista cuyo anticatalanismo de origen no tardó en ser suplantado por la diatriba política contra el centralismo madrileño.
Expresión popular de lo que señalamos lo constituyen, por ejemplo, esas miles de banderas tricolores que inundaron las calles españolas cuando la República fue oficialmente proclamada el 14 de abril de 1931. En efecto, la aparición de la banda morada inferior, precedida de la roja (superior) y amarilla (central), tenía un significado simbólico-histórico bastante evidente: hacía referencia -erróneamente- al color del pendón que los comuneros habían levantado contra Carlos V y era, además expresión de Castilla, esto es, «una región ilustre, nervio de la nacionalidad».
Adoptada por el gobierno provisional el 27 de abril de 1931, la Constitución republicana oficializó esta nueva enseña nacional en sustitución de la tradicional rojigualda, que los republicanos identificaban con la monarquía. De modo que la enseña comunera venía a ser empleada en su referencia más genuinamente antimonárquica por aquellos miles de manifestantes que salían a las calles convencidos de reeditar, 410 años después, esa rebelión popular y democrática protagonizada por Padilla, Bravo, Maldonado y compañía.
Y tampoco conviene olvidar la existencia, durante la guerra civil, del batallón republicano Comuneros de Castilla, puesto en marcha el 10 de agosto de 1936 a iniciativa de los directivos del Centro Abulense de Madrid, situado en el número 11 de la calle Fomento.
Lucha 'comunera' por la democracia
Tras el paréntesis de la dictadura franquista, que en el plano intelectual arrojó diversos ejemplos de ataque cerval al ejemplo comunero por considerarlo anti-imperial, burgués, egoísta y disgregador (interpretaciones de Ramiro Ledesma Ramos, Pemán, etc.), la Transición democrática recuperó el mito comunero como apoyo sustancial de las demandas castellanas y leonesas por la autonomía y la democracia.
Las principales entidades políticas de inspiración regionalista (Instituto y Alianza Regional, PANCAL) hicieron uso de la gesta comunera para explicar su razón de ser y reivindicar una autonomía castellana y leonesa a la que confirieron remotos antecedentes de lucha popular por la libertad y la afirmación propia, de rebeldía democrática contra el opresor centralista.
De tal manera que si Carlos Carrasco, presidente entonces del izquierdista Instituto Regional de Castilla y León, tenía claro, en 1976, que «el significado de ir a Villalar es reivindicar la soberanía regional y ese poder de autodeterminación», Gonzalo Martínez Díez, promotor de la Alianza Regional, animaba la celebración de 1978 llamando la atención sobre los «tres capitanes [decapitados] por defender las libertades de Castilla y León, esas libertades populares que eran nuestra característica y nuestro orgullo; pero con ellos morían algo más que tres hombres, moría toda una Nación».
Una vez conseguida la Autonomía castellana y leonesa con la aprobación oficial del Estatuto el 25 de febrero de 1983, la fiesta de Villalar se ha ido consolidando como símbolo dirigido, a través de un ritual concreto, a galvanizar el débil sentimiento regionalista castellano y leonés y contribuir a la construcción de la nueva identidad autonómica. Sin embargo, a diferencia de los nacionalismos periféricos, en Castilla y León, este proceso de construcción identitaria, apoyado, entre otras medidas, en la promoción de rasgos culturales autóctonos, carecía de tradición alguna. Por eso la misma utilización como mito del episodio de las Comunidades de Castilla ha servido más bien de apoyo legitimador a proyectos políticos de corte liberal, republicano, federalista y democrático antes que para construir y promocionar una identidad colectiva regionalista.
La fiesta de Villalar, más que expresión de una identidad autonómica castellana y leonesa, ha venido sirviendo como símbolo de la lucha por las libertades democráticas. Dicho más claramente: la lucha comunera de 1520-1521, tal y como se produjo y en virtud de los ideales y programas que la inspiraron, ofrecía -y ofrece- una muy escasa operatividad como referente cultural de un proyecto autonómico concreto, en este caso de Castilla y León. No así, por supuesto, como referente mítico de la lucha democrática y el rechazo del centralismo. Ni siquiera mitificado, el ejemplo de los Comuneros ha sido capaz de aportar precedentes históricos con los que incentivar un sentimiento colectivo mayoritario de pertenencia a una comunidad diferenciada.


Un buen ejemplo para la izquierda antifranquista

17.04.10 - 00:44 -
E. B.
Durante la dictadura, los comuneros fueron considerados como una traición al Imperio.
La derrota de la revuelta comunera reforzó las tendencias absolutistas de la Corona.
Durante la dictadura franquista, la interpretación oficial de la gesta comunera viró sustancialmente en relación a periodos anteriores: de lucha por la libertad pasaron a ser considerada, sobre todo entre los falangistas, como una traición al Imperio, pues es precisamente la acción imperial denunciada por los defensores de las Comunidades la que entonces, sobre todo entre 1940 y 1970, se colocó en el centro de la identidad nacional.
Así hicieron desde Ramiro Ledesma Ramos hasta José María Pemán, pasando por Cayetano Alcázar Molina, Julián María Rubio, Luis Redonet o el mismo Gregorio Marañón, que atacó el, a su juicio, «espíritu conservador y tradicionalista» de los comuneros.
Muy otra era la visión que persistía entre los colectivos comprometidos contra la dictadura, para los que sus anhelos de libertad y democracia encontraban, como destacado antecedente histórico, el ímpetu comunero.
Incluso, como ha escrito José Álvarez Junco, «un gran historiador como José Antonio Maravall volvería a interpretarlos como porta­dores de un proyecto de revolución modernizadora, justamente lo que la oposición antifranquista moderada intentaba en el momento».
En efecto, si en 1961 Tierno Galván interpretaba la revuelta comunera llamando la atención sobre la violencia reinante en los dos bandos en liza, el ideario universal del emperador y la estructuración constitucional del programa comunero, cuya penetración había sido escasa, Maravall, en su célebre Las comunidades de Castilla: una primera revolución moderna, elaborada en 1963, calificaba al movimiento de las Comunidades de auténtica revolución moderna y presenta a los comuneros como «preclaros visionarios del moderno Estado de Derecho en su forma parlamentaria».
Ya en el tardofranquismo (1973), José I. Gutiérrez Nieto, dentro de una interpretación de inspiración marxista, incidiría en el componente social de la revuelta y en la extensión de la misma al ámbito rural mediante el impulso de un destacado movimiento antiseñorial.



El componente revolucionario de las comunidades

17.04.10 - 00:45 -
E. B.
Las tesis, ya clásicas, de José Antonio Maravall, para quien la revolución de los comuneros presentaría todos los síntomas revolucionarios modernos (insistencia en la representación política y en la participación de las clases medias en el gobierno, limitación del poder real, etc.), anticipándose incluso a los movimientos revolucionarios de Francia e Inglaterra, se ha acabado imponiendo en los estudios históricos más solventes y rigurosos sobre las Comunidades de Castilla.
Junto a Julio Valdeón, que en su día resaltó el componente medieval del levantamiento comunero, el norteamericano Stephen Haliczer (Los comuneros de Castilla. La forja de una revolución. 1475-1521) enriqueció esta misma interpretación a la luz del funcionalismo sociológico, señalando que las causas del conflicto comunero, a todas luces revolucionario según sus tesis políticas, obedecerían a desajustes producidos en el entramado institucional de la monarquía, especialmente al desequilibrio generado en tiempos de los Reyes Católicos por el compromiso a que llegaron con la alta nobleza.
Pero, sin duda alguna, ha sido el hispanista francés Joseph Pérez (La revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521), Siglo XXI, Madrid, 1979) quien más y mejor ha tratado e interpretado, a nuestro entender, la revuelta comunera desde que elaborase su tesis doctoral, en 1970. Apoyado en un exhaustivo y amplísimo análisis documental, Pérez insiste en las motivaciones socio-económicas de la revuelta (enfrentamiento entre exportadores de la periferia y productores del interior) y sintetiza sus tesis en cuatro aspectos básicos: estaríamos ante un movimiento fundamentalmente «centro-castellano», excluyendo a las tierras burgalesas y las situadas al sur de Sierra Morena; sería un levantamiento básicamente urbano pero que tempranamente encuentra eco en el campo a través de un destacado movimiento antiseñorial; su programa de reorganización política presentaría un indudable signo moderno, revolucionario para su época y marcado por el intento de limitar el poder arbitrario de la Corona; y, finalmente, la derrota de la revuelta comunera habría sido debida a la alianza entre la nobleza y la monarquía y habría traído como consecuencia el reforzamiento de las tendencias absolutistas de la Corona.







Los valores comuneros

17.04.10 - 00:48 -
PEDRO CARASA SOTO.
El Franquismo demonizó el movimiento y postergó a sus líderes como traidores.
Los Comuneros celebran unos valores contrarios a los tópicos que se han asignado a Castilla y León.
La rebelión de las Comunidades y los personajes de los Comuneros han sido interpretados de maneras muy diferentes por los historiadores y, sobre todo, han sido mitificados de formas bien distintas por la memoria colectiva de la sociedad española. En la primera conmemoración de 1821, en el contexto del Trienio liberal, los radicales lo entendieron como un mito romántico y revolucionario de lucha contra las resistencias feudales. Luego en el Sexenio Democrático volvió a ser levantado su simbolismo como bandera utópica del federalismo castellano. Los conservadores de la Restauración los postergaron como antiimperiales y antimonárquicos. A continuación los regeneracionistas y regionalistas los celebraron en el cuarto centenario de 1921 como enseña del rol castellano regenerador de España. Los republicanos lo entendieron como símbolo de la autonomía de Castilla y León e incorporaron el color morado del pendón a la bandera republicana. Incluso en la guerra civil un batallón republicano llamado Comuneros de Castilla volvió a recordar esta interpretación antimonárquica. El Franquismo demonizó el movimiento y postergó a sus líderes como traidores al gran proyecto imperial español que protagonizaron los Austrias mayores. Siguió el mito apropiado por la izquierda cuando los opositores al Franquismo y los líderes de los primeros movimientos regionalistas lo recuperaron en los setenta como reivindicación de democracia y autonomía con ciertos ribetes antimonárquicos. Habrá que esperar a los ochenta y noventa para que lentamente vaya alcanzándose un consenso de todas las fuerzas políticas para celebrar las Comunidades y los Comuneros como enseña común de la autonomía de Castilla y León.
Hoy podemos decir que el icono escogido para identificar a Castilla y León, incorporando buena parte del bagaje histórico antes señalado, ha dejado de ser un arma arrojadiza de unos contra otros y se ha convertido en un símbolo común. Encierra importantes valores que todos compartimos. Las Comunidades y los Comuneros celebran un acontecimiento del pasado alejado de las manipulaciones históricas, habituales en otros nacionalismos y regionalismos. No pretenden cantar unos orígenes legendarios ni buscan legitimidades y derechos historicistas para ser más que los demás. No buscan orígenes míticos de un pueblo inventado, ni demuestran que nuestra singularidad es mayor o anterior que la de otros, ni propone privilegios fiscales o prerrogativas administrativas, ni aspira a anteponer a un reino por delante de otro.
Las Comunidades y los Comuneros celebran unos valores que hoy pueden servir a la región como estímulo. Son precisamente los contrarios a los tópicos que se han asignado desde siempre a Castilla y León, nos indican más bien que no somos reinos arcaicos, sociedades rurales atrasadas, culturas religiosas y sumisas sin iniciativa, súbditos pasivos y desmovilizados que nos hemos dejado dominar sin resistencia.
Nos recuerdan valores como la lucha antiseñorial, el movimiento juntista, la resistencia frente a centralismos imperialistas, la cultura comunal nacida de concejos abiertos, la experiencia participativa en cortes y parlamentos. Las Comunidades no proponen la excepción fiscal de viejos fueros medievales, sino algo mucho más modernizador, la defensa de los impuestos que pagan los productores del interior en los nacientes Estados modernos frente a su derroche en aventuras exteriores. Los capitanes castellanos protestan contra la política belicista de un emperador extranjerizante, buscan un entendimiento entre exportadores de la periferia y productores del interior. Es una rebelión antiimperialista, interesada en anteponer las realidades sociales y económicas del Estado Moderno por encima de los ideales feudales del Imperio Cristiano.
Lejos de todo triunfalismo, conmemora un ideal derrotado. Es un símbolo cívico, no exalta una fiesta religiosa o un patrono del santoral, sino el esfuerzo de unos representantes de ciudades con voto en Cortes que lucharon por sus legítimos intereses y por el desarrollo de su tierra contra una autoridad que estaba mirando a lejanos proyectos imperiales. No es un gesto localista vinculado a una o dos ciudades, sino una rebelión que implicó a casi todas las provincias de nuestra actual Comunidad, e incluso a varias limítrofes de las mesetas castellanas, de forma que muy pocos se sintieron excluidos del movimiento rebelde.
Es un movimiento modernizador porque apuesta por los valores entonces más innovadores y revolucionarios. No reivindica los privilegios de la Corona, la nobleza o el clero, sino los valores de los burgueses de las ciudades artesanales y comerciales. No apuesta por los intereses feudales y rurales, sino que defiende los intereses urbanos del capitalismo comercial más avanzado. Muestra una sensibilidad social, para preservar derechos de los habitantes de estas tierras que estaban siendo conculcados con políticas exteriores ajenas a ellos.
Comunidades y Comuneros representan el perfil del habitante de los burgos comerciales más prósperos del momento, se inspira en la corriente renacentista y humanista que caracterizó lo mejor de Europa en esos instantes. Defiende el castellano, la lengua que está extendiéndose como vehículo de cultura y comercio universal, y reprocha su abandono por los gobernantes. Propone valores de progreso, quiere dar destino útil a sus recursos, eliminar guerras imperialistas estériles, abandonar el viejo ideal de la cristiandad universal del medievo, apoyar el humanismo renacentista emergente, reforzar el incipiente Estado moderno como realidad política que supera la Edad Media.
Hoy no necesitamos la falsa nostalgia de derechos históricos, ni legitimar nuestro futuro manipulando la historia, sabemos que los únicos derechos radican en nuestra condición de ciudadanos libres y responsables mirando al futuro. Lo que simbolizan las Comunidades puede alentarnos en ese sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores