Resúmenes de obras claves en la historia contemporánea de Castilla y León durante el primer tercio del siglo XX. Destacan las obras de Enrique Orduña sobre el regionalismo en Castilla y León, la obra de Carlos Hermida sobre el sector agraria y la obra de Fernando Manero sobre la industria castellanoleonesa. La dirección de correo electrónico para ponerse en contacto conmigo es galohs@gmail.com

jueves, 11 de junio de 2009

Julio Senador. Castilla en escombros. Presentación de Jiménez Lozano


Julio Senador Gómez.Castilla en escombros - Los derechos del hombre y los del hambre. Colección "Administración y ciudadano". Madrid, 1978.
Presentación por José Jiménez Lozano. IX- XXXV.

Julio Senador Gómez. Castilla. Lamento y esperanza. Escritos (1915 - 1935) Diputación de Palencia - Ambito. Valladolid , 1992.
Estudio preeliminar. J.M. Palomares Ibánez - E. Orduña.

PRESENTACION por José Jiménez Lozano. IX-XXXV
Una mirada sobre Castilla

(...) España es, en tiempo de la Restauración -y en este plano el marco se alarga hasta la post-guerra civil-, un país de economía subdesarrollada con dos sectores sociales bien netos y claros: Las clases altas y medias acomodadas, y los campesinos y obreros obligados al mero menester de la supervivencia. física; y esta última es la condición de la inmensa mayoría de los habitantes de la meseta. En primer lugar, porque el condicionamiento geográfico está en la base de esta pobreza. Situada Castilla en una altitud media que es superior a los 600 metros sobre el nivel del mar, es abrasado por el sol en verano y los vientos de hielo racheados la azotan en invierno. El régimen de lluvias se encuentra en un índice muy bajo y prevalecen, por lo tanto, la aridez y la sequía. La explotación agraria está diseminada, en general, entre pequeños propietarios, aunque, como señala Senador, "será rarísimo el pueblo donde algún rico no tenga secuestrada la mayor y mejor parte de su término municipal(...)". Aunque también pervivían en algunos lugares restos de la antigua propiedad comunal. Predomina, sin embargo, la pequeña propiedad y las únicas cosechas son prácticamente de trigo y cebada. Se cultivaban muy pocas hortalizas y los árboles son escasos. En un suelo tan pobre como el castellano, la sequía o el aluvión -cuando no eran la tormenta de granizo, el hielo o la nube de langostas- arruinaban con frecuencia las cosechas.
(...) Incluso al margen de estas calamidades, se daba otra, institucional, por así decirlo:el contrato de arrendamiento. Este contrato, en general a corto término, era un verdadero contrato leonino a favor del propietario y en contra del colono.(...) De manera que este régimen jurídico del arrendamiento agrario junto al de la pequeña propiedad era simplemente el régimen de la miseria. En 1919, de 1.062.412 propietarios que pagaban impuestos, 847.548 ganaban al día menos de una peseta.
(...) La vida de los pueblos era sórdida y miserable. La dieta venía constituida por el cocido u olla castellana, en el mejor de los casos, y por pan y cebolla muy generalmente. La vivienda era primitiva, de construcción de adobe o tapial de barro, húmeda e insana, con escasos huecos al exterior, a veces sin cristales, y un menaje ínfimo. El pueblo era un barrizal en invierno y una aldea africana en verano, las aguas estancadas en su derredor un criadero de paludismo, y las basuras se extendían por las calles o, se amontonadas, en las cercanías del casco urbano. Las vías de comunicación eran pésimas o inexistentes y, en último término, el contacto con el mundo exterior se hacía a través del cacique y casi siempre en ocasión de las elecciones. (...) Todas sus fuerzas quedaban secuestradas por la necesidad de pervivir. El tipo humano de labrantín, es decir, la inmensa mayoría de la fauna humana que poblaba Castilla, daba la impresión penosa de un pueblo degradado, con la inteligencia esquilmada y el espíritu deshecho.
(...) Pero lo curioso de la postura de Senador, como de todos estos otros regeneracionistas ante Castilla y ante España, ya que Castilla "es el regulador de la vida nacional; y no hay manera de que España renazca fuerte y grande mientras Castilla siga viviendo en la abyección", es que señale, por un lado, la absoluta menesterosidad física, intelectual y moral del castellano y ponga, por el otro, las esperanzas de regeneración del país en esta muchedumbre ignorante y opuesta a toda civilidad.
Pero no hay que esperar demasiada coherencia ni demasiada racionalidad de Senador, como ya se dijo a propósito de Costa; debemos limitarnos a escuchar el lamento y la rabia apenas contenidos de su vivir desviviéndose.(...) Pero la pintura negra y a chafarrinones de sangre que hace de la Castilla de los humildes, de la prepotencia del cacique y del prestamista y de la urdimbre corrupta del sistema político y de sus intereses con sus combinaciones ministeriales, su juego al proteccionismo industrial o al proteccionismo agrario y a los aranceles es sumamente lúcida y quizá nadie como Senador, precisamente por hallarse instalado en un observatorio humilde de la meseta y compartir la vida de los humildes, ha sabido sacar todas las consecuencias para esas pobres gentes de lo que eran la Ley y los profetas de la Restauración canovista y post-canovista, y que un cacique murciano exponía a Cánovas con este empírico juicio: "Si mando, riego; si no mando, no riego".
Senador, el Regenaracionista
(...) Entonces, Senador parece decidido a buscar una triple salida a sus propias contradicciones nacidas del ansia de justicia y de la voluntad de cambio, por un lado, y de la ausencia de un pueblo que realiza esa voluntad y ese cambio por el otro: 1) hace una opción a favor de un gobierno de "hombres honrados" o aristocracia de ese pueblo pintado con colores tan sombríos: 2) espera una revolución desde arriba:3) cree precisa una ciragía de hierro, una "cura de terror", una dictadura. Y las tres soluciones son, en efecto, una misma cosa y tienen el mismo talante fideísta: el mesianismo, una esperanza externa y llovida del cielo, la esperanza de un redentor, "el hombre providencial" de que hablaba Costa en su conversación con Giner de los Ríos. "Giner, hace falta un hombre", le decía Costa. Y Giner contestó: "Joaquín, lo que hace falta es un pueblo"; y ésta era, sin duda, la respuesta correcta. Pero ni Costa, ni Senador vieron cómo podía hacerse un pueblo. El contacto diario con la miseria, la injusticia, la apatía, el caciquismo, el hambre, la bruticie y la distorsión total entre la realidad social y el aparato político de la Restauración desesperanzaron a Senador. Su misma psicología personal trasluce elementos de pesimismo que condicionaban, sin duda alguna, su propia visión de la realidad.
Senador y nosotros
(...) Su lectura es imprescindible cuando, ahora también, aunque en otro contexto, tenemos que preguntarnos por Castilla y por España y asumirnos a nuestra identidad de castellanos y españoles, ahora, cuando tenemos que asumir todo el pasado para entender nuestro propio presente y proyectar nuestro futuro.
La Castilla, la España entera de hoy, no son, por supuesto, las de Senador. Toda la sociedad española ha cambiado, y también ciertas estructuras socio-económicas y la vida entera del agro español y concretamente del agro castellano han quedado trastocadas. Desde luego, no por reformas de blase en la estructura de la propiedad agraria, porque la reforma agraria urgida desde Jovellanos ha sido únicamente el comodín de los discursos políticos, de las disertaciones de los arbitristas, de las promesas de los demagogos o de la sonoridad de pequeños ensayos frustrados, pero sí por las transformaciones económicas y técnicas de la sociedad moderna y por algunas decisiones políticas y reformas jurídicas. La industrialización del país y el sector servicios han asumido gran parte de la mano de obra sobrante en el campo, y la emigración de campesinos a Francia, Holanda o Alemania Federal durante algunos años han cambiado el rostro del campos español. Las migajas mismas de unos años de prosperidad económica han caído sobre el campo y han modificado notablemente la vida de los campesinos.
(...) A pesar de todas esas transformaciones descritas, la agricultura sigue siendo, efectivamente, un sector deprimido de nuestra economía y los precios agrarios no hacen aún rentables las pequeñas explotaciones. Castilla está convirtiéndose, además, en un desierto, y la propiedad se está concentrando en menos manos todavía. Pueblos y aldeas presentan el aspecto fantasmal del abandono, y en los que se mantienen todavía habitados, pero ya están condenados a desaparecer -sólo hay viejos que esperan la muerte y niños que esperan nacer para marcharse-, la urbanización, las comunicaciones, las posibilidades educativas mínimas y un mínimo nivel de vida y de satisfacción humana del vivir están ausentes. Las condiciones generales de carácter general del trabajador del campo o del obrero autónomo o pequeño propietario son inferiores a las de los trabajadores industriales, y, sin ennegrecer mucho los pinceles, podría trazarse a veces un cuadro apenas oscura del de Senador en ciertas regiones castellanas.
Castilla, en todo caso, carece totalmente -sigue careciendo, mejor dicho- de una conciencia de su identidad histórica y cultural. La lengua está perdiendo toda su antigua riqueza de lengua rica y está quedando objetivada por los nuevos esquemas tecnológicos del lenguaje abstracto.

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